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26 de abril de 2007 Imprimir este artículo Enviar a un amigo Aumentar texto Reducir texto Compartir: Acceder al RSS Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Añadir a del.icio.us Buscar en Technorati Añadir a Yahoo Enviar a Meneamé Enviar a Digg Enviar a MySpace
De jueves a jueves
La libertad de pensamiento, en peligro, según Laborda
Tengo que confesar que me ha sorprendido, y en cierta medida alarmado, el alegato que en defensa de la libertad de pensamiento ha lanzado el ex presidente del Senado Juan José Laborda con ocasión de la presentación de su libro Rumbo a la carta, que recopila sus artículos periodísticos publicados de los últimos años.
 
Alarmante puede resultar que en la España de 2007 un representante de la soberanía popular alerte sobre el peligro que se cierne sobre la libertad de pensamiento y se queje "del sometimiento de la personalidad individual al discurso político cotidiano".

De todos es conocido el déficit de democracia interna que aqueja a los principales partidos españoles, que doctrinal y orgánicamente poco tienen que reprochar al "centralismo democrático" de corte leninista. Control férreo de la organización paralelo a una concepción instrumental de la política, que convierte a los partidos en meras maquinarias electorales.

Aquel pluralismo existente en el seno del PSOE, con corrientes ideológicas como Izquierda Socialista, hace mucho tiempo que pasó a mejor vida. Lo mismo que las elecciones primarias adoptadas en su momento para estimular la participación de la militancia y regenerar la vida interna del partido.
 
No hablemos del monolitismo ideológico del Partido Popular que José María Aznar transmitió a Mariano Rajoy, atenazado tres años después por el "pensamiento único" que sigue recreando la FAES.

"La anulación del individuo es una agresión notable al pluralismo político", ha dicho también Laborda, tal vez sin reparar en el verdadero alcance de sus palabras, que sitúan esa perversión partidaria en el mismo ámbito de lo que persiguen y producen las sectas: la anulación de la personalidad individual. Y además de todo lo anterior, el senador ha expresado su desasosiego "porque en lugar de las ideas, en muchas ocasiones tenemos sólo encuestas". Crítica directa a ese modo de hacer política que subordina los principios ideológicos a la rentabilidad electoral de cada asunto en cada momento.

Las anteriores reflexiones críticas sobre el estado de salud de nuestro sistema democrático son, con los matices que se quieran, fáciles de compartir. Si acaso yo me permitiría añadir algún otro mal endémico que enfanga el funcionamiento de los partidos, como es su casi siempre sospechosa financiación.
 
A la sombra del aparato

Lo que me ha sorprendido es que tal alegato proceda de un político en activo cuya larga trayectoria no se ha caracterizado nunca ni por ejercicio de la disidencia interna ni el despego e independencia hacia el aparato de su partido.

En 1987, Juan José Laborda perdió las elecciones autonómicas en Castilla y León frente a un desconocido llamado José María Aznar, que las ganó tan sólo por un puñado de votos. Todo el mundo achacó aquella derrota al empecinamiento del candidato socialista en defender contra viento y marea la instalación de un laboratorio nuclear proyectado por el gobierno de Felipe González en los Arribes del Duero.

Una mal entendida disciplina de partido llevó a Laborda a anteponer no se sabe qué "intereses de Estado" a los intereses de la Comunidad que aspiraba a presidir. Para mayor inri, dicho laboratorio nunca se llegó a instalar. Podría decirse que en el pecado llevó la penitencia, de permanecer cuatro años en la oposición, pero tampoco. No habían transcurrido dos años y, tras las generales del 89, nuestro hombre vió recompensada su obediencia al partido siendo catapultado a la presidencia del Senado, en la que se mantuvo ya hasta la victoria electoral del PP en 1996.

Laborda es senador por Burgos ininterrumpidamente desde 1977, habiendo conseguido en nueve elecciones consecutivas ser el único elegido entre los tres candidatos socialistas por dicha provincia a la Cámara Alta. Nadie duda de su talla política y de su tirón electoral, pero es un hecho constatable que el primer apellido de sus dos compañeros de cartel electoral siempre ha comenzado por una letra posterior a la ele, circunstancia alfabética nada baladí en las votaciones al Senado. En Burgos muchos piensan que tan repetida casualidad no resulta ajena a esas maquinaciones internas de los partidos que tanto empobrecen y ensombrecen la vida democrática.
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